Calor, ansiedad, microbiota y regreso al trabajo: una auténtica bomba de relojería

 No sé vosotros, pero este año ha sido, para mí, uno de los veranos más calurosos que recuerdo… o al menos así lo he sentido. Me fui de vacaciones al norte de España con una necesidad física inmensa de sentir frío. Tenía un cansancio que me acompañaba todo el día. Era como mi sombra.

 Curiosamente, hace unos días mi amiga Mariluz me envió un vídeo de Instagram en el que una doctora explicaba cómo el calor y la humedad pueden influir en los procesos de ansiedad y, a su vez, en la comunicación entre el intestino y el cerebro, lo que conocemos como eje intestino-cerebro.

 Vamos, que cuando hace mucho calor y estás de mala leche no es por casualidad.

 Y si a todos los síntomas que puede provocarnos el calor de este verano y otoño le añadimos una variable más, como el estrés postvacacional, la vuelta al trabajo o el regreso al cole pueden convertirse en una auténtica bomba difícil de digerir.

 Pero vayamos por partes.

Cuando el calor se parece a la ansiedad

 Cuando hace mucho calor, el organismo tiene que trabajar constantemente para mantener una temperatura corporal adecuada. Aumenta la sudoración, el ritmo cardíaco y la respiración, y podemos sentirnos más cansados, irritables o incluso mareados.

 El problema es que algunas de estas sensaciones físicas se parecen mucho a las que aparecen durante un episodio de ansiedad: corazón acelerado, sudoración, respiración más rápida, sensación de agobio, cansancio o dificultad para concentrarnos.

 En una persona que ya está estresada o es propensa a la ansiedad, estas sensaciones pueden interpretarse como una señal de alarma y generar todavía más inquietud. Se puede crear así un pequeño círculo:

 calor → malestar físico → sensación de alerta → más ansiedad → mayor percepción del calor y del malestar.

 Además, el calor puede afectar al sueño, y dormir peor hace que afrontemos el estrés cotidiano con menos recursos. Si añadimos deshidratación, cambios de horarios y alimentación, tenemos varios factores que pueden hacer que nos encontremos más irritables, cansados o nerviosos.

 Pero el calor no solo puede afectar a cómo nos sentimos. También puede influir, de manera indirecta, en nuestro sistema digestivo. Y aquí entra en juego una conexión fascinante: el eje intestino-cerebro.

¿Qué ocurre con la microbiota cuando hace mucho calor?

Nuestra microbiota intestinal es un ecosistema de millones de microorganismos que viven en equilibrio.

Cuando llega el verano y aumentan las temperaturas, pueden producirse varios cambios:

Cambiamos nuestra alimentación

Con el calor solemos comer de manera diferente: más alimentos fríos, helados, bebidas azucaradas, alcohol o comidas rápidas, y a veces menos fibra. Estos cambios modifican los nutrientes que llegan al intestino y, por tanto, pueden favorecer a unas bacterias frente a otras.

Nos deshidratamos con mayor facilidad

El calor y la humedad aumentan la pérdida de líquidos a través del sudor. Si no bebemos suficiente, las heces pueden volverse más secas y el tránsito intestinal más lento. Como consecuencia, también puede cambiar el entorno en el que viven nuestras bacterias intestinales.

El calor supone un pequeño estrés para el organismo

Cuando hace mucho calor, el cuerpo tiene que trabajar más para mantener su temperatura, como ya mencioné anteriormente. Esto puede influir en el sueño, el apetito y el funcionamiento intestinal. Además, el estrés psicológico y la falta de descanso también pueden modificar la relación entre el cerebro y el intestino.

Cuando el intestino también habla con el cerebro

¿Y qué tiene que ver nuestra microbiota con el cerebro? Pues bastante más de lo que podríamos pensar. Intestino y cerebro están en comunicación constante a través del llamado eje intestino-cerebro, y la microbiota participa en esa conversación.

Cuando este equilibrio se altera, se ha observado una relación con una mayor respuesta al estrés, más ansiedad, cambios en el estado de ánimo y, en algunos estudios, dificultades relacionadas con la atención, la memoria o la capacidad de concentración.

Pero esto no significa que una microbiota alterada vaya a provocarnos ansiedad automáticamente: la relación es mucho más compleja y, además, funciona en las dos direcciones. El estrés también puede influir en nuestra microbiota y viceversa.

Por eso, cuando llega septiembre es recomendable poner un poco de orden en nuestra vida y en nuestras rutinas.

Y entonces septiembre llama a la puerta…

Y llega septiembre…

Vuelve el despertador, vuelven los horarios, las prisas, los correos pendientes, las reuniones y esa curiosa sensación de que alguien ha pulsado el botón de “volver a la realidad” sin avisar. Si a todo esto le añadimos el estrés propio de la vuelta al trabajo, tenemos un cóctel que puede influir tanto en cómo nos sentimos como en nuestro equilibrio intestinal.

Esto no significa que el verano haya “destrozado” nuestra microbiota —por suerte, no hace falta pedirle vacaciones también a las bacterias—, pero sí que nuestros hábitos y nuestro entorno pueden influir en ese equilibrio.

ansiedad regreso trabajo
post verano

Por eso, quizá volver a la rutina no consista únicamente en organizar la agenda, recuperar los horarios y mentalizarnos para afrontar septiembre. También podemos ayudar a nuestro organismo a recuperar su propio ritmo: una alimentación variada, buena hidratación, descanso, movimiento y horarios algo más regulares son pequeños gestos que pueden favorecer un entorno intestinal saludable.

Porque la microbiota no va a conseguir que desaparezca el jefe, que se reduzca la lista de tareas o que el lunes deje de ser lunes. Ojalá.

Pero cuidar nuestro intestino sí puede ser una manera de favorecer nuestro bienestar.

Al fin y al cabo, cuerpo y mente no trabajan por separado. Y quizá, después de un verano de calor, cambios y cierta licencia para desordenarnos un poco, nuestro organismo solo nos esté pidiendo lo mismo que nosotros necesitamos para volver al trabajo: menos sobresaltos y un poco de orden.