
Últimamente me he aficionado a escuchar pódcasts y debo reconocer que me resultan muy entretenidos. Uno de los que más disfruté la pasada Navidad fue una entrevista de Carlos Roca (Rocaproject) a Francesc Miralles hablando sobre su libro titulado Ikigai, publicado por primera vez en 2016.
Francesc explica que escribió este libro junto con su amigo Héctor García con la intención de levantarle el ánimo, porque estaba atravesando un momento personal difícil. Juntos decidieron viajar a Ogimi, la aldea de los centenarios, un pequeño pueblo rural al norte de Okinawa en Japón, para investigar y descubrir por qué era uno de los lugares más longevos del mundo.
Este libro nació sin grandes aspiraciones, ya que sus autores pensaban que solo interesaría a un pequeño grupo de personas atraídas por la cultura japonesa y la longevidad. Sin embargo, por una combinación de suerte y circunstancias inesperadas, terminó convirtiéndose en un fenómeno mundial del desarrollo personal.
De hecho, ha sido traducido a más de 70 idiomas y ocupa el segundo puesto entre los libros españoles más traducidos, solo por detrás de Don Quijote de la Mancha, la famosa obra de Miguel de Cervantes. Tal vez no se trató únicamente de suerte, sino de que el mundo necesitaba, más de lo que imaginábamos, escuchar este mensaje.
¿Qué significa Ikigai?
Ikigai significa "propósito de vida", pero con un matiz especial: es un propósito que además de dar sentido a tu vida busca el bienestar de los demás aportando algo positivo al mundo. No siempre tiene que ver con el éxito profesional o la rentabilidad. Puede ser algo sencillo: cuidar un jardín, enseñar, escribir, acompañar, crear belleza, sanar, construir, escuchar.
El ikigai no es una meta externa. Es una experiencia interna, que va alineada con tu Ser.
La palabra ikigai está compuesta por iki (vida) y gai (valor, mérito). Pero más allá de su traducción literal, el ikigai es una filosofía vital profundamente arraigada en la cultura japonesa: una forma de entender la existencia desde el propósito, la congruencia y la contribución.
En una sociedad dominada por la prisa y la productividad constante, el ikigai nos invita a detenernos y a preguntarnos algo esencial: ¿estoy viviendo alineado con mis dones naturales?, ¿estoy viviendo realmente la vida que yo quiero o estoy viviendo la vida que quieren otros?
En el pequeño pueblo de Ogimi, cada habitante tiene un ikigai, una razón que le impulsa a levantarse cada mañana con ilusión y ganas de empezar el día. ¿Sabéis cuál es? Cultivar su propio huerto. No es algo glamuroso ni sofisticado. Es una rutina que les proporciona alimento, les mantiene activos y les proporciona bienestar.
Vivir alineados con nuestros dones
Cada persona posee talentos innatos, que son visibles desde la infancia y que, con el tiempo, pueden desarrollarse o silenciarse. El problema es que no sabemos escucharlos.
Muchas veces elegimos caminos basados en expectativas externas, estabilidad económica o reconocimiento social. Y aunque estos elementos pueden aportar seguridad, raras veces aportan plenitud a nuestra vida porque no estamos conectados con ese cometido.
Vivir alineados con nuestros dones implica:
- Reconocer aquello que hacemos con facilidad y disfrute.
- Identificar lo que nos aporta energía en lugar de drenarla.
- Aceptar que nuestro talento no tiene por qué parecerse al de los demás.
- Comprender que nuestro propósito puede transformarse con el tiempo.
Cuando vivimos desde nuestros dones, desde nuestro SER, el esfuerzo no desgasta. Hay dedicación, sí, pero no lucha constante. Hay compromiso, pero no agotamiento crónico.
Vivimos inmersos en la inmediatez y en la prisa constante. Detenernos, respirar y dedicarnos un tiempo para tomar conciencia de aquello en lo que realmente somos buenos —porque todos, absolutamente todos, tenemos uno o varios dones— puede ser el quid para encontrar tu talento innato. Las respuestas no suelen aparecer en el ruido. Aparecen en el silencio.
Ese don personal cobra verdadero sentido cuando lo pones al servicio de los demás, contribuyendo a hacer del mundo un lugar más hermoso. Como decía la madre Teresa: ¨Quien no vive para servir, no sirve para vivir¨.
El coraje de elegir la propia vida
Alinearse con el ikigai no siempre es sencillo. A veces implica cuestionar decisiones previas, redefinir prioridades o salir de estructuras establecidas. Pero también es el acto más honesto que podemos hacer con nosotros mismos.
Vivir desconectados de nuestros talentos genera una sensación de vacío constante.
Vivir alineados con ellos genera dirección y plenitud.
No se trata de abandonar todo de un día para otro. Se trata de empezar a introducir coherencia en pequeñas decisiones: cómo empleamos nuestro tiempo, con quién colaboramos, qué proyectos aceptamos, qué espacios cuidamos.
El ikigai no exige radicalidad. Exige conciencia.
Tu Ikigai evoluciona contigo
Tu ikigai no es algo fijo ni inmutable: se puede transformar a medida que tú también cambias, creces y evolucionas. Cada etapa de la vida trae nuevas inquietudes, talentos y formas de mirar el mundo. Por eso, la edad no es una barrera para descubrirlo o desarrollarlo, sino una oportunidad para hacerlo con más experiencia y autenticidad.
De hecho, las redes sociales están dando voz a personas maduras como Manuel Sans Segarra, José Abad o Guadalupe Fiñana, Antoni Bolinches… que triunfan gracias a su naturalidad, su conocimiento y una autenticidad que conecta con miles de personas.
Tu ikigai puede adoptar mil formas: desde emprender y montar una empresa hasta dedicar tiempo y mimo a un bonsái o a tu perro. Lo importante no es el tamaño del proyecto, sino el sentido que le da a tu vida.
Vivir la vida que realmente deseamos
Tal vez no exista un único ikigai para toda la vida. Tal vez existan varios, porque no eres la misma persona a los veinte que a los cuarenta o a los sesenta… Y eso no es una contradicción: es evolución.
No necesitas que tu propósito sea espectacular ni que los demás lo entiendan. Necesitas que tenga sentido para ti. Que te haga levantarte por las mañanas con ganas. Que te aporte calma, dirección o entusiasmo. Como dice Marian Rojas Estapé “Sin ilusión se nos arruga el corazón”.
Al final, el ikigai no se encuentra de golpe ni se anuncia con fuegos artificiales. Se construye en lo cotidiano, en los detalles pequeños, en lo que eliges repetir cada día. ¡Ojo!, no es una promesa de felicidad constante. Es un compromiso con una vida que tiene sentido para quien la vive.
Porque al final, vivir alineados con nuestros dones no es un lujo ni una tendencia.
Es una responsabilidad con nuestra propia existencia.









